REFLEXIONES EN UNA MAÑANA DE LECTURAS AMBIGUAS
Leo la enésima entrega de una justificación que no comprendo. Él intenta escribirse a sí mismo. ¿Comprenderse? ¿Reinventarse? Hay un tono melancólico en sus afirmaciones; ¿una humildad fingida? Pero también se transparentan demasiado las viejas costuras de un traje a la medida que, en algún momento, le quedó grande o no llegó a ser. Grandes o pequeñas verdades; al final, nimiedades vestidas de pensamiento trascendente... bla, bla, bla... como diría la Lila más napolitana, cruel y hermosa de esa Parthenope sucia y descarnada, pero auténtica en su propia violencia (La amiga estupenda).
Al hombre que escribe le falta valor. Como decía aquella canción: «¡Hace falta valor!». Ese coraje del que carece lo disimula con una calculada cortesía; una educación bien aprendida en esa escuela que tanto aborrece pero que, a la postre, lo marcó de por vida. Porque vida es lo que intenta encontrar; la que ha vivido nunca lo fue. Siempre fue, como la de Lenú, la sombra de Lila: algo prestado, un espejo al que intentar imitar sin mojarse del todo, sin caer en ese hondón que tanto menciona pero en el que no se atreve a entrar. Y sigue ahí, agazapado y ciego, buscando el reconocimiento de su propio yo o el de sus múltiples alteregos, cada vez más al descubierto. Se vuelve evidente la fusión de todos ellos en el hombre que es, en su eterna exhibición de un yo indomable que aún no sabe definir; un yo en el que a veces se acomoda y que, en otras ocasiones, extraña como a un extraño perdido en los vericuetos de su juventud indefinida. ¡Hace falta valor! ¡Mucho valor!
Ahí comienza la otra historia: la de ella. La nunca mencionada, la maldita, la soportada mejor que peor. Ella, que ha postergado sus ansias de vivir por compasión hacia ese hombre anonadado. Para esa mujer, ¿qué fue primero?, ¿el amor o el sexo? Luego vino la ternura; después, la paciencia de quien conoce los laberintos de un hombre marcado por el deseo contenido y el afán de un Ulises que jamás se aventuró más allá de sus libros. Apenas si rozó banales aventuras de niños bien que buscaban notoriedad. ¡Ay, la vanidad! Qohelet, el profeta, sabía bien de lo que hablaba al suspirar: «Vanidad de vanidades, ¡todo es vanidad!».
Y ahora, ella asiste a otro intento de este hombre por alcanzar los focos. Como si la notoriedad que ya tiene, ganada con tantísimo esfuerzo, no fuera suficiente. Necesita más... ¿la fama? ¡Hace falta valor! Sí, mucho valor. En esta etapa de la vida no hay nada más patético que seguir persiguiendo laureles. Las victorias memorables y la fama trágica se conquistan a los treinta o no se conquistan; que se lo digan a Alejandro Magno, a Aquiles, o a Jesús de Nazaret. Las demás no son nada; son solo medallitas.
Este hombre no ha aceptado aún que, en este viaje efímero, no hay deseo de llegar, sino de continuar. Ulises entendía que regresar a Ítaca era concluir el viaje; era vernos, al fin, reflejados en nuestra propia realidad: el pasado, el presente, la vejez y la muerte. Por eso ella lo recoge compasiva, lo abraza cada día con ternura y lo sostiene en el cruel trance de la decadencia del cuerpo y de la mente. Jornadas interminables y efímeras, calcos unas de otras, un bucle infinito sumergido en un magma gris de nostalgia y paz.
No sé cómo acabarán las historias de la «ignorada compañera» y su «amado poeta». Pero hoy, al leer por enésima vez sus «avisos», sentí la urgencia de escribir estas líneas para descargar la tristeza que me ahoga. Esa impresión constante de no ser querida, sino solo aceptada como una muleta más para que él siga, esperanzado, el camino... ¡Qué difícil ser Lenú y Lila a un tiempo! ¡Hace falta valor; mucho valor!
Así me sentía un día cualquiera, entre el verano y el otoño, en las Asturias arriondinas.
Firmado por «La Bicha de Balazote», a 23 de septiembre de 2026.
