lunes, 23 de febrero de 2026

 


VIAJES DE PIETRO DELLA VALLE

“El peregrino”

 - Tomo II -

CARTA VIGÉSIMO SEGUNDA – 1ª parte

 

FERHABAD Y CAZVÍN - PERSIA

Desde Ferhabad, a primeros de mayo de 1618, y

desde Cazvín, a 25 de julio de 1618



 Descripción de la ciudad de Ferhabad

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    Descripción de la ciudad de Ferhabad.

    Y la carta continúa así:   “… Pero volvamos a Ferhabad, de cuyo relato no sé cómo me he podido        apartar embarcándome en estas digresiones. El trazado de la ciudad es muy grande, como el de                Roma o el de Constantinopla, puede que mayor, porque tiene calles de más de una legua de largas.

    El ejercicio de la religión cristiana aquí es libre.

   La gente que han traído hasta aquí, y que sigue llegando todos los días para morar en esta ciudad, es de diferente procedencia, tal y como os he explicado con anterioridad. Hay pocos mahometanos, y sí muchos cristianos de diversos credos y cultos; pero casi todos armenios y georgianos, a los que se les permite construir tantas casas e iglesias como quieran, adonde acuden públicamente a cumplir con sus ritos; algo que no sólo no está permitido en Turquía ni en otros lugares bajo el dominio de los mahometanos; sino que incluso, si alguna iglesia se arruina no se puede construir otra, ni reparar la deteriorada, ni siquiera añadir una sola piedra si no se obtiene un permiso a fuerza de dinero…”

Nota de la traductora. - A partir de aquí, Pietro della Valle muestra ese aspecto fanático religioso del católico romano y papista de la época, un tono apocalíptico que hemos podido observar en otros momentos de su correspondencia, y se enzarza en una serie de calificativos denigrantes y acusaciones criminales para con esas comunidades cristianas, insistiendo en la necesidad de acabar con todas ellas mediante una Cruzada, y aludiendo a los castigos bíblicos que se merecen. Y como esos improperios religiosos en los que se embarca Della Valle, durante más de una página, se apartan totalmente de la descripción que pretende hacer de Ferhabad, e interrumpen el hilo del relato, he considerado más eficaz para la comprensión del texto continuar con la traducción en donde Della Valle retoma sus comentarios sobre la ciudad. No obstante, y para quienes sientan curiosidad, he adjuntado al final de esta entrega una copia de los párrafos aludidos, en su versión original italiana y su traducción al francés.

“…Mas para no apartarme del tema principal, os comento que ya se han realizado los trazados de las calles de Ferhabad; serán muy largas, rectas y más anchas que las que en Roma se conocen como Las Giulia. De un lado presentan una hilera de casas con la misma simetría, y para que las aguas de las lluvias puedan correr fácilmente, delante de las casas han hecho una especie de puentecillos, con objeto de que el agua fluya por debajo y no forme barrizales en estas tierras tan húmedas. De momento, las casas solo tienen una planta, y su tejado está hecho únicamente con cañas y juncos de las marismas, que resisten a la lluvia razonablemente bien.

Aquí las casas se hacen con barro y paja.

          Justamente así es, según Heródoto, como antiguamente construían sus moradas, con cañas y juncos que también servían para techarlas, y que del mismo material estaban hechas casi todas las residencias de la ciudad Real de Sardi en los tiempos en que los Reyes de Lidia tuvieron allí su morada. Los gruesos muros de las viviendas de Ferhabad los hacen con una argamasa muy corriente en estas tierras; la llaman calghil[1], o lo que es lo mismo: “barro y paja”. Y es cierto que solo lleva tierra mojada, como se hace con la cal, ligada con un poco de paja batida y troceada, y puedo aseguraros que, sin mezcla alguna de piedras, esta especie de argamasa se aglutina y consolida maravillosamente. Solo el palacio del Rey se ha construido con ladrillos. Es bastante grande, aunque todavía no lo han terminado, y no puedo describiros su interior pues aún no he podido entrar en él; pero desde el exterior me parece que no es muy diferente a las otras residencias reales, de las que os hablaré más adelante.

          También hay aquí un caravasar, una hostería pública bastante espaciosa, y ya frecuentada por las caravanas. Lo han construido con ladrillos, pero aún no está acabado. El visir de Mazanderán me dijo que, por dar gusto al Rey, él lo había hecho edificar en muy poco tiempo, y que solo había tardado quince días. También hay un baño público, igual que el que se puede encontrar en las casas de los habitantes que residen en la ciudad; aunque aquí son pocas.

Con el tiempo, Ferhabad será una ciudad hermosa.

          Por lo demás, esta nueva ciudad, que podríamos decir que aún está en ciernes de serlo, al estar hecha de barro, madera, cañas y paja, con frecuencia, como en la actualidad, hay incendios que provocan la ruina de todas las casas de la calle, junto a la de sus propietarios. Pero el Rey, que trabaja constantemente para embellecer Ferhabad, a la vista de estos accidentes y sirviéndose de ellos, ha prohibido inmediatamente reconstruir las casas quemadas tal y como eran antes, a menos que se edifiquen mejor y sean más sólidas. Así, poco a poco, la ciudad irá mejorando, y tengo, a bien seguro, de que en pocos años, será no solo una de las más grandes y pobladas, sino de las más hermosas y magníficas de Oriente; porque el Rey se emplea en ello con todo su empeño, y si tras algunos años ha sido capaz de dotar a la ciudad de Isfahán de la belleza y esplendor que la hacen sobresalir sobre todas las demás de su provincia, a pesar de su terreno extremadamente seco y estéril, y que solo produce alguna cosa a fuerza de agua y estiércol, ¿qué no hará aquí, en donde la tierra es buena y muy fértil; además de colmarla de todas las comodidades que puedan contribuir a la magnificencia y belleza de una


ciudad?

          Ferhabad no está rodeada de murallas, aún no se ha completado su trazado, y yo creo que no lo han hecho para dejar que la ciudad crezca y extienda sus fronteras lo máximo posible y que aumenten día a día, dado sobre todo que en esta parte del país hay numerosas y grandes ciudades, y de las más apreciadas, que no tienen murallas.

          Un río, mucho más pequeño que el Tíber, corta Ferhabad por el medio. Nace en las montañas que habíamos atravesado, y discurre por ese valle de arrozales del que ya os he hablado, en donde su cauce aumenta de tal modo, gracias a las aguas que vierten en él, procedentes de las montañas, que se convierte en un río navegable desde la ciudad de Saru; aunque no se circula por él con barcas de las normales, sino con unas, fabricadas de una sola pieza gruesa de madera, ahuecada por dentro y de fondo plano. Las construyen así porque las aguas aquí son poco profundas; las mueven con unos remos, que más bien tienen forma de palas, y con estas embarcaciones recorren el río, no solo a favor de su corriente, sino también en su contra; siendo capaces de transportar en ellas hasta diez o doce personas o su equivalente en mercancías.

Utilizan unas barcas muy peculiares.

          A este río lo llaman Teggine-rud, que significa “río rápido”. En Ferhabad no hay más que un puente bien construido y colocado en el lugar más frecuentado de la ciudad; pero como esta villa es muy grande, y hay que atravesar el río en mil sitios distintos, cuando uno se halla muy lejos de ese puente, es cuando la gente utiliza esas pequeñas embarcaciones que abundan por todas partes. No solo se usan para cruzar el río, sino también para ir adonde se necesite, e incluso para llegarse hasta el Mar Caspio y gozar de un día de ocio pescando allí.

          Este río, que corre desde el mediodía hasta el septentrión, desemboca en el mar, a unas dos millas de la ciudad; de modo que Ferhabad es casi un puerto de este mar, ya que los barcos llegan hasta el mismo puente de la ciudad, en donde echan el ancla; eso sí, no lo hacen los grandes navíos, sino casi todas las pequeñas embarcaciones que comercian con todo tipo de mercancías por este mar; a saber, desde la ciudad de Ghilán a la de Ester abad; de Bacú a Demir-capi, y las más frecuentes procedentes de Astracán hacia la Moscovia.

Descripción del Mar Caspio.

          De todos estos navíos, los más grandes, que aquí llaman naves son, en mi opinión, más pequeños que nuestras Tartanas. Estos barcos tienen la borda muy alta, poco calado y fondo plano. Los construyen de esta forma, no solo porque el mar Caspio es poco profundo cerca de sus costas, sino también porque en muchos lugares hay numerosos bancos de arena, y con aguas poco hondas; de modo que, si esos barcos no estuvieran hechos de esa manera, no podrían navegar por este mar.

Los peces que pescan aquí no valen nada.

          Me extrañaba, creo que con fundamento, de que en Ferhabad solo se pescaran salmones, muy abundantes en la desembocadura del río, y algunos esturiones, a la par que muchos otros peces de los que se dan en aguas dulces y que no valen nada. Yo atribuía esto a su poco conocimiento en el arte de la navegación y de la pesca, o bien al miedo que tienen de perderse si se internan en alta mar; porque de hecho sé que los persas no son hábiles en ese elemento, y apenas tienen conocimientos de navegación. Pero el Chan de Ester-abad, que reside en ese puerto del Caspio, y que por su experiencia conoce sobradamente las razones de no pescar en alta mar, me dijo que las aguas son tan poco profundas a veinte o treinta millas mar adentro, que es imposible arrojar las redes al fondo y conseguir ninguna pesca como la que hacemos nosotros con nuestras tartanas. Y esa es una de las razones por las que construyen sus barcos de la forma que os he descrito; también me dijo que no los cargan con ninguna pieza de artillería porque en esta zona hay pocos corsarios y piratas, a excepción de algunos Moscovitas o Rusos que podrían encontrarse en la desembocadura de algunos de sus ríos, o con más frecuencia en el Volga; pero ante todo —me dijo— hay que guardarse de desembarcar en la montaña de los Lezghi, o en el país de los Circasianos, entre la Albania y la Moscovia, porque allí uno se expondría de seguro a la pérdida de sus bienes y de su libertad.

Comparación de la ciudad de Ferhabad con la de Roma.

          La temperatura del aire de Ferhabad se parece mucho a la de Roma. Un invierno húmedo, lluvioso y cargado de nieblas, igual que en Roma, con los mismos grados de calor y de frío; algo que no me extraña, porque si no me equivoco, ambas gozan del mismo clima por hallarse a la misma longitud del Polo, poco más o menos. La calidad del terreno aquí es también muy parecida, porque es feraz, cenagosa y rodeada por el río y por el mar; aunque su situación sea diametralmente opuesta, ya que en Roma el mar queda al mediodía [sur] y nuestro río corre de occidente a sur; al contrario que en Ferhabad, cuyo mar está al norte y su río discurre de sur a norte.

          Este parecido entre ambas ciudades, me ha dado a pie al comparar Ferhabad con Roma, a la amorosa epístola que he escrito desde Ferhabad como elogio a mi amante de la Toscana; al igual que llevo haciendo desde todos los puertos de mar, o los ríos más famosos que he recorrido. Ya doy por concluida toda esa correspondencia poética que he compuesto aquí en el Mar Caspio, porque en la actualidad no creo que vaya a viajar por otros mares, ni tener otros tropiezos; pero si no puedo corregir estos poemas, ni darles la forma que desearía, porque de los veinte o más poemas escritos, he dejado más de la mitad en Constantinopla; solo son esbozos, y ya habrán llegado a Italia con mis otros manuscritos, si se han seguido las instrucciones que di a algunas personas de Constantinopla para que todo lo que yo había dejado allí, lo enviaran a Roma.

El Señor della Valle es alojado en Ferhabad.

          Entré en Ferhabad por la parte occidental del río; pero la casa que se me asignó estaba del otro lado, al este de dicho río; de suerte que para llegar allí tuve que atravesarlo. Mi alojamiento, aunque sea de los mejor acondicionados y más habitables, es tan bajo que yo, que soy de talla mediana, puedo fácilmente tocar el techo con la mano. Este aposento me recordó al de las primeras chozas de Rómulo[2], e intento buscar en todas las cosas que veo un divertimento para mi espíritu a fin de hacérmelas más agradables. En esta residencia no he encontrado nada mejor, ni más conforme a mi temperamento, que un jardín o algo así, más bien un terreno amplio, en el que han plantado infinidad de moreras blancas junto al río. Aquí, a la sombra de esos árboles, unas veces sentado, otras paseándome, he pasado una buena parte del tiempo, o al menos la más agradable; he estado solo, conversando con las Musas, o acompañado, unas veces, por el Attio Sincero, o por El emperador Marco Aurelio en lengua francesa que me ha llegado a las manos, y otras, en la compañía de Ferrari y su Epítome, que tantas veces he leído, a falta de otros libros, y con el que he visitado ríos, ciudades y provincias.

Sus ocupaciones en la ciudad.

          Durante esos días, como no sabía qué hacer, he compuesto en ese mismo sitio un gran discurso, o más bien una carta en tercetos, que he pasado a limpio y ya he enviado a Roma, al señor Claudio Decio, un viejo amigo mío; sobrino de ese famoso Antonio Decio, autor de la Tragedia titulada Acripanda, y del que el señor Claudio ha heredado sus virtudes y cualidades intelectuales, lo que le hacen merecedor de llevar el célebre nombre de los Decios. Así que he escrito cincuentaisiete tercetos, narrando, como suelo hacer, las vicisitudes de mis aventuras en forma de ficciones e invenciones poéticas. No os he mandado copia de esta nueva producción porque en realidad no merecía ser copiada. No obstante, si deseáis tenerla, Horatio Pagnani podrá satisfacer vuestra curiosidad enviándoos a Roma una copia del original defectuoso y lleno de faltas, junto con las dudas que consultaba al señor Claudio Decio.          Y como creo haberos dado información suficiente sobre Ferhabad y sus habitantes, pasaré ahora a hablar de mis asuntos personales, o lo que es lo mismo, lo que he estado haciendo yo por estas tierras…”



[1] Es posible que se trate de lo que en las viejas casas de labranza de los pueblos castellanos se conoce con el nombre de “panderete” o “argamasa de panderete”, echa de barro y briznas de paja, con la que también se hacían los llamados “adobes” o ladrillos realizados con ese material y secados al sol.

[2] Se refiere a las primeras chozas que darían lugar posteriormente a la ciudad de Roma. Según el mito romano, los hermanos gemelos Rómulo (24 de marzo de 771 a. C.-5 o 7 de julio de 717 a. C.) ​ y Remo (24 de marzo de 771 a. C.-c. 21 de abril de 753 a. C.) fueron los fundadores de Roma. Al final sería solo Rómulo quien la fundaría, y se convirtió en su primer rey. (https://es.wikipedia.org/wiki/R%C3%B3mulo_y_Remo). 28-08-2025.